Las semillas nativas como pilar de la soberanía alimentaria

Foto: Rosa Ixchel/ Conavigua

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En Guatemala, la lucha por preservar las variedades de semillas tradicionales es una lucha por la soberanía alimentaria. Las mujeres mayas han custodiado durante generaciones el conocimiento sobre cómo cultivar y conservar las semillas nativas —organizándose contra un modelo agrícola construido para el lucro, no para alimentar a la población.

Al igual que la agroecología, la defensa de las semillas nativas constituye una forma de resistencia frente al agronegocio. Guatemala, como gran parte de América Latina, posee una riqueza histórica y cultural profundamente ligada a la producción de alimentos. Mucho antes de que los modelos agroindustriales impusieran sus lógicas de mercado, los pueblos indígenas ya habían construido una relación equilibrada con la tierra, basada en el maíz, el frijol y el ayote: alimentos que no solo sostuvieron la vida, sino también la identidad, la espiritualidad y la organización comunitaria de generaciones enteras.

Foto: Rosa Ixchel/ Conavigua

Organizaciones como la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala (Conavigua) y el Comité de Unidad Campesina (CUC), que representan a las comunidades indígenas y campesinas, llevan años señalando el reconocimiento y la visibilización de la importancia de las prácticas y los conocimientos de las mujeres mayas, campesinas y de los pueblos indígenas en la alimentación y la producción agrícola. Las prácticas ancestrales de agricultura aún se conservan en nuestros territorios, y no solamente en cuanto a la conservación de semillas nativas y criollas, sino a su distribución, manejo, siembra, cosecha y alimentación, aportando al desarrollo sostenible de las comunidades.

Enfrentamos una grave amenaza en los territorios: la pérdida de semillas tradicionales debido a la industrialización de la agricultura, la expansión de monocultivos, la introducción de semillas transgénicas y la crisis climática.

Juliana Chuj Tzorin

Con el objetivo de garantizar la conservación de las semillas locales, la biodiversidad y la soberanía alimentaria, Conavigua trabaja en la creación de bancos de semillas: espacios físicos comunitarios para recuperar, almacenar y compartirlas. Estos centros permiten que las comunidades indígenas y campesinas mantengan especies que son cultural y ecológicamente importantes. Son las mujeres quienes, por siglos y siglos, a través de madres, abuelas y bisabuelas, han mantenido la sabiduría y son poseedoras del conocimiento para clasificar y almacenar las semillas nativas y criollas. Para estas mujeres, en cada semilla está el germen de la vida y del sustento.

Foto: Rosa Ixchel/ Conavigua

Los bancos de semillas son una forma de resistencia frente a los sistemas alimentarios basados en el agronegocio, que no están pensados para alimentar, sino para vender paquetes tecnológicos. Enfrentamos una grave amenaza en los territorios: la pérdida de semillas tradicionales debido a la industrialización de la agricultura, la expansión de monocultivos, la introducción de semillas transgénicas y la crisis climática. Es decir, semillas que son propiedad de corporaciones y que no son fértiles, que no se pueden volver a sembrar y que obligan a repetir la compra de semillas dependientes de los agrotóxicos.

Las semillas son obra campesina e indígena, una creación colectiva que refleja la historia de los pueblos y, especialmente, de las mujeres. Son muchísimo más que un recurso productivo: son simultáneamente fundamento y producto de culturas y sociedades a través de la historia. En ellas se incorporan valores, afectos, visiones y formas de vida que las ligan al ámbito de lo sagrado. Sin ellas es imposible el sustento y la soberanía de los pueblos. Al desaparecer las semillas, desaparecen las culturas, los pueblos rurales y las comunidades.

Foto: Rosa Ixchel/ Conavigua
Juliana Chuj Tzorin,
Brigadista de solidaridad 2026, representando a CONAVIGUA. Estas son las reflexiones de la autora.
Este es el texto original en español. La versión en noruego fue traducida y adaptada para su publicación por Lina Alvarez Reyes.